Platón en Chiloé
Un viaje meridional concebido en torno a la lectura de algún pensador no es usual, más aún si el destino es una isla en los sures remotos. “Platón en Chiloé” es parte de la ruta de un ambicioso proyecto a largo plazo que pretende culminar en tierras griegas, específicamente en la antigua Delphos. Ahí ciertamente la tradición filosófica recorta el paisaje signado de ruinas y cuevas oraculares a diferencia, y no tanta, de Chiloé que mantiene viva la fuerza de sus vaticinios. Pero, lejos de estas analogías, la isla grande es ante todo, en un primer sentido fundamental, la contraparte de las ambiciones de Platón, dado su aislamiento que desvía espacialmente de dos aspectos manifiestos en su obra: el gobierno de la ciudad y la escuela filosófica[i].
En el horizonte enteramente abierto de Chiloé cuyo telón trasluce mítica tradición, es la multiplicidad, entendida o atisbada en la physis nativa y el sin fin irregular de las morrenas, quien dispone esos paisajes coloridos como polo inverso a la concentración de unidad platónica pues, en el descubrimiento de lo suprasensible, es equiparada con la parte más espectacular y contrintuitiva de su sistema: aquella multiplicidad que se muestra como necesaria en el ascenso dialéctico donde los contrarios no se pueden subsumir en un monismo ya que la causa errante, lo material, es necesario en el ámbito de lo que tiene que existir, el mundo. La función fabulatriz expresada en la imagen del mundo reflejada en una muralla, su teatralización en una vivienda cavernosa o su gobierno divino formulado en la silueta de un barco, y su dios artífice que lo pilotea, son parte del método alegórico que busca esclarecer la totalidad y no uno de sus aspectos. Las historias de ficción que modela el instructor de las representaciones inteligibles actúan como “parte orgánica y no como motivo ornamental”[ii] de su obra que toma ahora un aire tan lejano como familiar; lejano porque en la isla de las ficciones fragmentadas el sentido alegórico pervive como explicación a lo desconocido, es decir, los fenómenos sin dilucidar se siguen sustentando en las creencias de antaño; y familiar, simplemente por el recurso a la representación o imagen. Los traucos y caleuches fantasmales dan vida al escenario cuya esencia “se queda en la orilla” y merodea sus parajes “donde el sol que se oculta, tragado por las aguas, simboliza un lugar de muerte”[iii].
La muerte, o más bien, los mitos del destino final del alma y el gobierno del mundo expresan claramente las más profundas convicciones de Platón ahí donde el discurso racional se estrecha, por ello Sócrates es también el mago de la palabra según su más fiel discípulo de anchas espaldas, que le atribuye poderes que sirven como pistas de un desarrollo que incluye la mántica en los aspectos constitutivos de la ciencia buscada.